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CONFLICTO CULTURAL PATRIARCAL-MATRIARCAL

CONFLICTO CULTURAL PATRIARCAL-MATRIARCAL

Vivimos herederos de una cultura centrada en una dinámica de dominación y sometimiento, autoridad y obediencia, desconfianza y control, ciegos al fundamento inconsciente de esta relación amorosa materno-infantil desplegada en el bienestar del juego acogedor, plenamente respetuoso y la intimidad corporal en confianza y sinceridad. Las relaciones hombre-mujer en esta cultura, por tanto, son uno de los cimientos de los modos de relacionarnos y aprender en la convivencia cotidiana, el modo-de-ser humanos, el desarrollo de nuestro sistema personalidad en relación al modo de ser parejas, familias, grupos culturales y actores sociales en nuestro entorno colectivo e histórico. Por ello, recordemos uno de los propósitos que la ONU enarbola desde su creación: La igualdad. Ya en 1945 señala que su meta es "reafirmar la fe en los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad y el valor de la persona humana, en la igualdad de derechos de hombres y mujeres y de las naciones grandes y pequeñas". Por ello en 2007 se considera que "Sin esta igualdad, será imposible crear un mundo donde impere la equidad, la tolerancia y la responsabilidad compartida, un mundo que sea apropiado para la infancia." y con ello, sabemos que para todo ser humano independientemente de su género[1] o grupo de edad.

Por el momento, el fundamento emocional (que define nuestras acciones) de nuestro ser cultural (vivir en conversaciones y redes cerradas de conversaciones) se conserva operando en una polaridad patriarcal-matriarcal.  La cultura patriarcal dominante se identifica con nuestro comportamiento adulto como "un modo de coexistencia que valora la guerra, la competencia, la lucha, (la desconfianza), las jerarquías, la autoridad, el poder, la procreación, el crecimiento (o progreso), la apropiación de los recursos, y la justificación racional del control y de la dominación de los otros a través de la apropiación de la verdad."[2]. En contraste, la cultura matriarcal, identificada con la experiencia vivida en la relación materno infantil, parece asociarse con "conversaciones de participación, inclusión, colaboración, comprensión, acuerdo, respeto y coinspiración.". La cultura matríztica se relaciona históricamente[3] con la aceptación mutua entre hombres y mujeres, el compartir comunitario, la cooperación participativa, el autorespeto y la dignidad, así como el respeto a los demás y a la naturaleza en la que confiaban como un todo armónico del que formaban parte. "El pensamiento humano tiene que haber sido entonces naturalmente sistémico"[4], donde hombres y mujeres participaban responsablemente en sus relaciones con los demás y su entorno.

Cuando crecemos en nuestro proceso de humanización, naturalmente convivimos con estas dos formas culturales. Al inicio es la cultura matríztica en la que más participamos en nuestra infancia y vamos adquiriendo en ella la configuración de nuestra identidad individual y nuestra conciencia individual y social (Verden-Zöller, 1993). Aprendemos de nuestras madres las emociones básicas de nuestra cultura desde nuestra infancia y apreciamos en ellas el vínculo amoroso que permite nuestra existencia conviviendo en ese modo de ser aceptados, en la confianza y la despreocupación. Por supuesto que las condiciones en que la madre es tratada como mujer y el modo como ella misma ha asumido la cultura patriarcal que le domina como adolescente, joven o adulta, repercute en la calidad de este vínculo con sus hijos e hijas.

El momento en que nos acercamos a la pubertad y la adolescencia, revela la emergencia de un cambio cultural en los patrones de enseñanza y relaciones familiares hacia la dominación patriarcal. Se inicia una transición que literalmente nos "empuja" hacia la entrada "al mundo real de la vida adulta", comenzamos "a vivir una vida centrada en la lucha y la apropiación en el continuo juego de las relaciones de autoridad y subordinación." Esta segunda fase es vivida como "un continuo esfuerzo  por la apropiación y el control de la conducta de los otros, luchando siempre en contra de nuevos enemigos… hombres y mujeres entran en la continua negación recíproca de su sensualidad y de la sensualidad y ternura de la convivencia.". Las distintas emociones que fundamentan este choque intercultural, se contraponen y oscurecen mutuamente al punto que "comenzamos a vivir una contradicción emocional que procuramos sobrellevar a través del control o la autodominación."[5], que es lo que ocurre en la mayoría de los casos. Algunos adolescentes se refugian en una transformación utópica, o un proceso reflexivo que es oportunidad de un cambio cultural en el respeto mutuo, o termina por decaer en la desesperanza y la neurosis.

Siendo el patriarcado una manera de vivir, una cultura, es vivida tanto por hombres como mujeres, eso significa que "hombres y mujeres pueden ser patriarcales".  Así lo muestra el dato de que un gran número de mujeres  "estaban de acuerdo, y en algunos casos absolutamente, con la declaración de que los hombres son mejores dirigentes políticos que las mujeres" (más de la mitad de mujeres encuestadas de Bangladesh, China, la República Islámica de Irán y Uganda, más de un tercio de Albania y México,  y una de cada cinco encuestadas  de los Estados Unidos.) Estos datos subrayan el hecho de que las actitudes discriminatorias hacia las mujeres, jóvenes y niñas no las tienen únicamente los hombres sino que asimismo reflejan normas y percepciones que pueden ser compartidas por toda la sociedad.[6]

En nuestro presente, los niños están en "un riesgo siempre presente de negación, tanto por parte del padre en su oposición a la madre, como a través del descuido por parte de una madre que está bajo una permanente exigencia que la lleva a distraer su atención del niño en el intento de recuperar su plena identidad llegando a convertirse ella misma en patriarca."[7] Así es que nuestro patriarcado-matriarcado actual, con sus exigencias de trabajo, éxito, producción y eficacia, 1) interfiere con el establecimiento de una relación madre-hijo normal. (como ser autoconsciente, con autorespeto y respeto social). 2) los hijos desarrollan así, dificultades para establecer relaciones sociales permanentes (amor), pierden la confianza en sí mismos, pierden autorespeto o respeto por el otro, además de problemáticas psicosomáticas. 3) Al interferirse el libre juego madre-hijo en total confianza y en total aceptación, da lugar a una dificultad fundamental para vivir la confianza y el confort de la mutua aceptación y respeto que constituye la vida social como un proceso constante… permanecemos así, en una búsqueda sin fin de una relación de mutua aceptación que no hemos aprendido ni a reconocer, ni a vivir, ni a conservar si llega a dársenos. De esta forma fracasamos continuamente en nuestras relaciones en esta dinámica patriarcal de exigencias y búsqueda de control mutuo que niega precisamente el mutuo respeto y la aceptación que deseamos. 4) La convivencia masculina-femenina la vivimos como si existiera una oposición intrínseca entre el hombre y la mujer, evidentes en nuestros valores, intereses y deseos diferentes[8].

La rabia que los niños sienten contra el padre patriarcal, discriminador y violento, surge de la reacción a la observación de las múltiples agresiones violentas (sutiles, pasivas y/o activas y brutales) que ejecuta contra la madre (y las mujeres en general). El punto extremo de este enfrentamiento polar de cultura patriarcal-matriarcal que permea a la unidad de convivencia, el grupo familiar, se muestra crudamente en  la transición de la infancia a la vida adulta, en la adolescencia y los conflictos que enfrenta al adoptar un modo de vida (mentiroso e hipócrita) que niega en él o ella todo lo que aprendió a querer y desear en su infancia. Niños y niñas, hombres y mujeres deben hacerse patriarcales cada uno según su género. "Los niños deben hacerse competitivos y autoritarios, las niñas deben hacerse serviciales y sumisas. Los niños viven una vida de continuas exigencias que niegan la aceptación y respeto por el otro propios de su infancia, las niñas viven una vida  que continuamente las presiona para que se sumerjan en la sumisión que niega el autorespeto y dignidad personal que adquirieron en su infancia."[9].

La lucha por el poder, por la dominación del otro es  nuestra forma de convivencia cotidiana. Por eso nos parece natural desde que nos sumergimos en conversaciones de lucha y guerra entre el bien y el mal, entre el hombre y la mujer, entre la razón y la emoción, etcétera, conflictos que son en el fondo, también la base de los motivos de consulta en la psicoterapia.


[1]  "…la igualdad de derechos evolucionó hacia una búsqueda de la igualdad entre los géneros cuando se realizó una distinción entre género y sexo. El sexo es una cuestión biológica: las mujeres tienen dos  cromosomas X y los hombres tienen un cromosoma X y un cromosoma Y. El género, por otra parte, es un concepto social que describe los ámbitos de lo femenino y de lo masculino. Al reconocer que las funciones de los géneros no son innatas sino aprendidas, los proponentes de la igualdad entre los géneros cuestionaron los estereotipos y la discriminación arraigada, que mantenían a las mujeres y a las niñas en una situación de desventaja social y económica." UNICEF, 2007.

[2] Maturana, 1993:36.

[3] A partir del trabajo de Marija Gimbutas, (1982) Maturana considera que los rastros de la gente que vivió en Europa hace 7,000 y 5000 años A.C., muestra que eran agricultores y recolectores que no fortificaron sus poblados, ni mantenían diferencias jerárquicas entre tumbas de hombres y mujeres, no usaban armas de adorno, hacían un culto a deidades femeninas, diosas biológicas que eran incluso combinación mujer-hombre o mujer-animal. No había apropiación territorial en las siembras y cada casa tenia su lugar ceremonial. No hay muestras de que fueran competitivos, eran más bien colaboradores, con una estética sensual de las actividades diarias como actividades sagradas. En fin, parece que el respeto mutuo entre estos humanos era la forma predilecta de relación.

[4] Para Maturana (1993:45), manejaban "un mundo en el que nada era en sí o por sí mismo, y en el que todo era lo que era en sus conexiones con todo lo demás…tienen que haber vivido una vida de responsabilidad total en la conciencia de la pertenencia a un mundo natural. La responsabilidad tiene lugar cuando se es consciente de las consecuencias de las propias acciones y uno actúa aceptando esas consecuencias, cosa que inevitablemente pasa cuando uno se reconoce como parte intrínseca del mundo en que uno vive."

[5]  Para profundizar, véase Maturana, 1993: 41-43.

[6] UNICEF, 2007. Cap. 1.

[7] Maturana, Op. Cit. Pagina 74.

[8] Maturana detalla estos elementos en pp.76-77.

[9] Ibíd. P. 78

Por Alejandro Vera, Mx 2007 - 2 de Marzo, 2007, 17:15, Categoría: comentarios periodisticos
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